Local
22 nov 2025
10:48
Un suspiro separó la vida de la muerte para un hombre acusado de robos en el municipio de Cotagaita. Una turba enardecida lo capturó junto a una mujer y, sin esperar a la Policía ni a la justicia ordinaria, decidió exhibirlos como “ejemplo” frente a toda la población.
El presunto delincuente fue obligado a caminar por las calles, con los brazos amarrados a un listón sobre los hombros. Una pancarta colgaba de su pecho: “Soy ladrón, conózcanme”. A su lado, la mujer llevaba otra que la señalaba como cómplice, aunque no fue atada.
Los gritos no dejaban espacio a la duda. La presión popular exigía linchamiento. En una plaza, los comunarios instalaron un cabildo improvisado. La decisión estaba tomada. El castigo sería fatal.
Justo en ese momento apareció el comandante provincial, coronel Fernando Cardozo. Rodeado por decenas de pobladores enfurecidos, discutió, escuchó y apeló a la razón: la justicia comunitaria no ampara la pena de muerte. Tras tensos minutos —en los que cada segundo pesaba como una sentencia—, las autoridades originarias accedieron a entregar al hombre. La multitud no quedó satisfecha.
Como desahogo, los comunarios incendiaron un automóvil y un micro que, según afirmaron, eran parte del botín delictivo. Las llamas iluminaron la noche mientras las movilidades se reducían a chatarra negra y humeante.
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